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viernes, 11 de febrero de 2011

Museos a golpe de ratón


Si pensábamos que Google ya lo había hecho todo, estábamos equivocados. Una vez más, la mina de oro de Brin y Page ha trascendido sus funciones iniciales para ofrecernos nuevas experiencias en la red por el módico precio de la gratuidad.

Lo que el buscador más popular del planeta nos ofrece en esta ocasión no es otra cosa que un paseo virtual por las pinacotecas más destacadas del globo terráqueo: el Google Art Project, dirigido por Amit Sood. Si hasta ahora podíamos pasearnos por las calles con Google Earth o situarnos a través de Google Maps, este nuevo proyecto, lanzado el pasado 1 de febrero, traspasará unas puertas muy codiciadas: las de los museos.

17 galerías de todo el mundo se han incorporado a esta emocionante aventura virtual que permitirá incrementar el alcance de algunas de las obras artísticas más célebres de la Historia. Entre ellas se encuentran la National Gallery de Londres, el MOMA de Nueva York, la Tate Britain de Londres o el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid.

La novedosa herramienta de Google es una auténtica maravilla para apreciar el pincel del artista de un modo que nunca se había propuesto hasta entonces. Obras como La noche estrellada de Vincent Van Gogh, La botella de anís del mono de Juan Gris o La ronda de noche de Rembrandt se han recogido en el Art Project de Google con una resolución de 7.000 millones de píxeles, o lo que es lo mismo: una calidad de imagen tan inusual para nuestras cámaras fotográficas comunes que nos permite ver las escamas, craquelado y trazo de las obras con una perfección inusitada.

A través de una selección de capturas de grandes obras, y con la posibilidad de ver más de un millar colgadas en las paredes de las pinacotecas que participan en el proyecto, Google ofrece múltiples posibilidades para disfrutar de este nuevo proyecto, tan sencillo de utilizar como se muestra en el siguiente tutorial:

La posibilidad de caminar entre corredores y de acercarse a distintas distancias a los cuadros; de contemplar microscópicamente cada uno de los detalles de las obras disponibles; de conocer la biografía, obras y vídeos enlazados en YouTube sobre la pieza artística en cuestión; de crear nuestra propia galería de obras y compartirla a través de las redes sociales…; todo, accesible a un sólo clic.

Este es tan sólo el primer paso de lo que se prevé será una completísima galería virtual en la que los internautas podrán pasearse por los pasillos más conocidos del mundo artístico. Como ha asegurado el vicepresidente tecnológico de Google para Europa, África y Oriente Medio, Nelson Mattos, la vocación del proyecto es “ampliarse con el tiempo y llegar a otros museos importantes que no están en la lista”. Entre los aspirantes están, sin duda alguna, el Louvre francés y nuestro Museo del Prado.

Ante tan obvias ventajas para disfrutar del arte, muchos han aventurado que, de llegar a penetrar en el público esta iniciativa, se pueden llegar a reducir las visitas a las pinacotecas. “¿Si podemos acercarnos más a un cuadro que en la propia realidad, para qué vamos a molestarnos en acudir y pagar por verlo?”, se preguntan algunos con cierta razón. De hecho, si las iniciativas de este tipo continúan creciendo, dentro de apenas un siglo podríamos implantar unas rutinas virtuales que, en muchos casos, no tuvieran contacto alguno con el mundo exterior.

Yo no soy tan apocalíptica. Una de las mayores peculiariades del arte es, sin duda alguna, el propio concepto de sentirlo en vivo. En primera persona. Podemos contemplar El nacimiento de Venus en una pantalla: analizarlo rigurosamente, deleitarnos con la técnica, maravillarnos con la belleza que ha superado el paso de las centurias. Pero la emoción que provoca la contemplación directa de una obra –máxime si se trata de una de las más grandes de su Historia- no es comparable con la calidad de los píxeles.

El ser humano siempre ha necesitado el arte, y por consiguiente, la experiencia sensorial que éste provoca. Dudo mucho que pueda desarrollarse una tecnología tan avanzada que pueda emular el sentimiento que se experimenta al situarse frente al Guernica en el Museo Reina Sofía.

Y, de hecho, estoy convencida de que estos avances no nos alejarán más del arte real. Al contrario: incitarán a que nos aproximemos más a él. A que leamos más y miremos mejor. A que viajemos y elaboremos rutas turísticas que incluyan experiencias culturales. A que paguemos por esa entrada a la identificación universal.


sábado, 1 de enero de 2011

Pequeños prodigios


Imaginemos la escena. Un neófito, de tan sólo doce años de edad, entra en el taller de los hermanos Ghirlandaio. A su alrededor, escenas de la adoración de los magos esbozadas en líneas firmes, puntos de vista profundos, rojos venecianos. El pequeño Buonarotti, embaucado en la amplia estancia, mantiene la mirada fija en las composiciones de vivos colores.

Semanas después, el aprendiz, del que –de momento- sólo se podía esperar una mano diestra para colaborar en grandes lienzos, comienza a resaltar por su dibujo preciso y, apenas un año después, es acogido en el palacio de los Médici al dejar boquiabierto con sus trazos a Lorenzo el Magnífico. Pocos sabían que, a sus tiernos cinco años de edad, Miguel Ángel ya había tomado el cincel para no separarse nunca del mármol blanco.

Un poco más al oeste del Mediterráneo y casi tres siglos más tarde, el niño Pablo Ruiz asistió a su primera corrida de toros. Desde el graderío y de la mano de su padre, grabó en su retina el espectáculo para después plasmarlo en su primer óleo: El pequeño picador. Sería él el que se rendiría, poco tiempo después y como dice la leyenda, entregando al niño su paleta y pinceles y prometiendo que no volvería a pintar más. Con dieciséis años contaba el joven Picasso cuando su obra realista Ciencia y caridad colgó de las paredes de la Exposición Nacional de Bellas Artes en Madrid. A partir de ese instante, su precoz carrera alcanzó los límites más altos de calidad.

Y es que el mundo ha estado poblado por pequeños prodigios que, aún ostentando tiernas edades, quisieron brillar con luz propia desde sus comienzos. Que se lo digan a John Everett Millais, uno de los fundadores del prerrafaelismo que, contando con tan sólo cuatro años, era toda una promesa que logró ingresar en la Royal Academy de Londres al cumplir once.

La historia es cíclica, y es en esta línea como ha hecho su aparición el británico Kieron Williamson, un incipiente maestro de la luz y el color que, a sus escasos siete años de edad, ya es toda una personalidad entre los coleccionistas más sonados del mundo del arte. En su última subasta consiguió recaudar 150,000 libras por 33 de sus obras, que se vendieron en tan sólo media hora; algo bastante inaudito para un escolar de primaria.

Cuentan los medios que el pequeño, al pasar sus primeras vacaciones en Devon y Cornualles -cual Dalí inspirado por los cadaqués catalanes-, tomó el pincel y ya no lo soltó. Ahora pinta media docena de cuadros por semana y ninguno de ellos se cotiza a menos de 900 dólares.

Entre sus influencias podríamos recabar las sombras y geometría estudiada de Cézanne, la perspectiva precubista de Piccasso e incluso el descuido, en ocasiones, de la pintura de fantasía.

Pero sin duda los paisajes iniciales de Williamson se acercan al impresionismo francés de finales del siglo XIX, por la soltura de la pincelada y los instantes lumínicos captados. Mirar –de lejos- un un cuadro del pequeño puede proporcionarnos una sensación semejante, o al menos así lo consideran muchos entendidos.

Y mientras que por los medios corre el apelativo de “Mini-Monet”, algunos ya han pasado la noche a las puertas de la galería Picturecraft, en su localidad natal, Norfolk, como una pareja de americanos que acamparon frente a la puerta del museo durante dos días para ser los primeros en contemplar su tercera exposición.

Sus orgullosos padres ya han declarado que toda la riqueza que su obra genere irá destinada al futuro del niño. La universidad y una casa, será el premio de este –esperan- prolífico artista.

Pero ya lo adelantaba Picasso cuando hablaban de él como un niño prodigio del pincel:

“A diferencia de la música, no hay niños prodigios en la pintura. Lo que la gente percibe como genio prematuro es el genio de la infancia. No desaparece gradualmente a medida que envejece. Es posible que ese niño se convierta en un verdadero pintor un día, quizás incluso un gran pintor. Pero tendría que empezar desde el principio”.

Quizá lo que quería decir nuestro más ilustre malagueño era que el genio no es sólo talento, sino también esfuerzo y perfeccionamiento. ¿Logrará Williamson ponerse a la altura de los maestros de finales del XIX?

Para esto -como para casi todo- el tiempo será el mejor indicador.

Imágenes: The Arts on Today y Lost At E Minor