domingo, 2 de enero de 2011

El monóculo acusador: Testigo de cargo, de Billy Wilder


Los años no han pasado en vano, pero a Sir Wilfred no le agrada que coloquen naftalina junto a su peluca. Es más, detesta que le persigan con propuestas de baño caliente e inyecciones en mano. Recién llegado a casa, está más testarudo que nunca, pero ahora se le ha presentado la ocasión de retornar a su rutina de jurista, aunque algunos no se lo quieran permitir. Y es que no hay nada que le revitalice tanto como empuñar su artilugio de cristal y enfocar el rostro de todo aquel al que somete a un interrogatorio. “¿Está más cómodo así?”, pregunta la bella germana, arrinconándose en una esquina oscura del despacho. Mala señal: ha respondido fallidamente a la prueba del monóculo.

Testigo de cargo es una ecuación jurídica trepidante, un cálculo que se complica de manera progresiva por medio de sumas acusadoras, restas defensoras y multiplicaciones esponsales que culminan en un inesperado total: el descubrimiento de que el acusado respondía a sus cargos desde el principio, y con razón.

Desde los primeros instantes del film, Billy Wilder nos deleita con un agitado guión que, cocinado a fuego lento, reúne todos los ingredientes de un crimen al más puro estilo de Agatha Christie: un asesinato sin esclarecer, un sospechoso que parece evidente, un investigador testarudo -en este caso, un abogado- y una retahíla de testigos que van desfilando entre filas de pelucas empolvadas.

Un magnífico Charles Laughton encarna a Sir Wilfrid Robards, el apasionado director de toda una orquesta de variados instrumentos que atestiguan a lo largo de la sinfonía misteriosa que supone la trama; un director un tanto afectado por lo emotivo de las melodías judiciales, que ha de resignarse a llevar tras de sí a una enfermera perspicaz en todo momento para que no sufra un infarto. Bajo este “campeón de las causas perdidas”, temperamental y avispado, se esconde todo un niño afable y orondo, al que le entreteniene jugar con pastillitas durante una vista -un elemento revelador, por cierto, del avance del juicio-, y que disfruta ascendiendo y descendiendo la escalera de su casa alegando que tiene derecho a hacerlo, pues es a él al que le ha dado un ataque al corazón.

El principal detonante de la acción es ese matrimonio infeliz formado por Leonard Vole (Tyrone Power) y su esposa Christine, una estupenda Marlene Dietrich a la que los años no le pasan factura. El precario inventor, cuya máxima meta parece haber sido idear un artilugio de cocina que separa la yema del huevo de la clara, acaba resultando también un excelente actor: con sus ojos expresivos y muecas de dolor interior convence hasta al menos ingenuo de que su amor hacia la soberbia Christine es incondicional. Ella, la alemana directa a la que todos desprecian sólo por el hecho de serlo, parece que no se toma en serio el matrimonio, pero sí que se toma en serio su pretensión de hundir a su esposo, que “tanto le ha dado”.

Lentamente, la trama va avanzando cual sinuosa serpiente: el ritmo es generalmente

pausado, y la reconstrucción de los hechos se va realizando de manera minuciosa por medio de encadenados que nos transportan a flashbacks del pasado, en los que asistimos a los encuentros del acusado con la viuda asesinada, o al momento en el que conoció a su mujer en tierras alemanas. Se sigue despacio a los testigos en su camino al estrado, y se juega con la variedad de puntos de vista: desde planos laterales que enfocan a los “doctos colegas”, hasta enfoques traseros, especialmente utilizados en los instantes en los que el abogado increpa al acusado o al testigo de turno; pasando por excelentes contrapicados, como el de Sir Wilfrid alineando las pastillas en su mesa de la sala. No hay que desdeñar, por supuesto, todos esos primeros planos que nos permiten saborear la riqueza de las expresiones tensas o satisfechas del abogado, así como las falseadas -en el fondo- de Leonard Vole.

Los personajes de la trama se pasean por un Londres repleto de trajes, corbatas, sombreros y togas, en el que las clases acomodadas nos invitan a pasar a sus hogares, caracterizados por una perfecta elegancia británica. El aire anglosajón no sólo se manifiesta en los escenarios: unos toques de ironía bien administrados tiñen algunas escenas de un peculiar humor inglés, tan específico como ése “No le haga caso, Jeanette es terriblemente escocesa” de la viuda. La riqueza dialógica se refuerza con metáforas exquisitas: a Sir Wilfrid ya no le parece que el fiscal condene, sino que “bombardea con su más potente artillería”.

La música hace su peculiar juramento junto a los testigos, y permanece en silencio a lo largo de todo el juicio; quietud que tan sólo se interrumpe por los gritos del acusado, los sollozos de la testigo de cargo y el jolgorio general tras el anuncio de la inocencia de Leonard Vole. Como compensación, se nos presenta en toda su majestuosidad con las apariciones exteriores del juzgado o de las calles londinenses. Junto a esta banda sonora, la iluminación también tiene su modesto papel, resultando imprescindible en las pruebas del monóculo, y resplandeciendo de manera simbólica cuando Christine levanta la persiana en el despacho del abogado, al tiempo que dice la verdad sobre su matrimonio.

Resulta sorprendente cómo, en los minutos finales del largometraje, Wilder acaba por desmontar todo lo que había construido con mimo a lo largo de la película: el esposo traicionado e inocente no es más que un infiel marido y un vil asesino; mientras que la calculadora mujer deja de disfrazarse de fría esposa y fulana vengativa para dejar ver a un ser dócil, perdidamente enamorado y dispuesto a sacrificarse por el hombre al que ama pero que a todas luces no la merece, pues prefiere a la morena colgada.

Tras todas estas inesperadas revelaciones, el espectador no se queda con la duda de que las apariencias pueden resultar terriblemente engañosas. Sin embargo, la balanza de la justicia, tarde o temprano, acaba por inclinarse hacia el lado justo. Christine -ya nunca más Vole- firma la sentencia de muerte del que creía que era su digno marido. Y es que el sabio sir Wilfrid sabe lo que dice: “No le ha matado, le ha ejecutado”.

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1 comentario:

irene ignacio dijo...

mencionas a una prueba del monóculo... en qué consiste, o en qué se basa... ¿qué es lo que supuestamente demuestra?